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5778 - Vayakel - Rabino Darío Feiguin

Becerros de Oro

Parashat Vaiakhel, B´nei Israel, 2018


Rabino Darío Feiguin



La semana pasada leíamos en la Torá la historia del Becerro de Oro.

Siempre asociamos esta historia con el concepto de idolatría. Pero permítanme este Shabat intentar otro tipo de interpretación. Es que en realidad, de eso se trata la Torá: de interpretarla, y que nos enseñe algo no de lo que sucedió en el pasado y ya no nos es relevante, sino aquí y ahora.


Muchos estudiosos de la Biblia señalan que en realidad no hubo idolatría. No es que los hebreos en el desierto dejaron de creer en el Dios de Abraham, Itzjak y Yaakov. Es que necesitaban ver y tocar algo concreto que les fuera casi como un símbolo vivo de un concepto abstracto que no podían aún adoptar completamente. Lo que les pasó, según estos estudiosos, es que no cambiaron toda la historia. Cambiaron sólo una parte de ella.


La decisión del gobierno de Polonia de prohibir el uso del término “campo de concentración polaco” es un intento de modificar parte de la historia, en este caso, no construyendo un becerro de oro, sino por decreto.


Quiero explicar esto, porque algunos de ustedes se habrán sorprendido como yo de las reacciones judías en las redes sociales, que son claramente viscerales.


Es que ningún judío puede quedar apático frente a la Shoá.

Fue la peor tragedia causada por seres humanos en la historia de la humanidad y finalizó hace tan solo 73 años! Algunos de ustedes lo vivieron en carne propia. Esta Shoá terminó con 3 cuartas partes del Pueblo Judío. Muchos de nuestros familiares: padres, hermanos, tíos, abuelos y bisabuelos, fueron condenados al hambre, al frío, a la humillación, a ser considerados infrahumanos, a morir en las cámaras de gas y que sus cuerpos se incineren en los dolorosamente famosos hornos crematorios, cuyo humo negro llevaba, tal vez hasta Dios mismo, el clamor de una humanidad deshumanizada.


Agradezco a mi amigo el rabino Daniel Goldman que va a venir la semana que viene a Costa Rica, quien me hiciera recordar la extraordinaria y escalofriante metáfora del Rebbe de Belz, un gran talmudista, quien había dicho que en ese espacio profanado de los famosos campos de exterminio, “la costra de un pan mohoso era un lugar inmensamente mayor que todo el Mundo por Venir”.


Polonia no está negando la Shoá, pero en un mundo donde el negacionismo es parte de la agenda de muchos lobbies políticos, este decreto causa escalofríos.


El 90% de los judíos polacos fueron asesinados por los Nazis durante la Shoá. La gran mayoría de esos campos de exterminio estaban situados en el territorio polaco, y hay diferentes opiniones sobre el nivel de colaboracionismo de los polacos no judíos con los asesinos, desde el pogrom de Jedwabne hasta las columnas negras de humo humano que cruzaban el cielo polaco a la vista de innumerables poblados. No sabemos el nivel de la complicidad, pero si sabemos que la hubo.


Hubiera sido tal vez más humilde y mas conducente, hacerse cargo, una disculpa, una reflexión, un programa educativo. No un decreto. Los decretos no pueden modificar lo que pasó, ni ayudan a sanar heridas aún abiertas.


En Costa Rica como en muchas partes del Mundo viven aún algunos sobrevivientes de la Shoá. Ya van quedando menos. Ellos tienen un número tatuado en su antebrazo y las señales del horror selladas en sus almas.


¡Pregúntenle a ellos!

Ellos son la expresión viviente de una historia que no se puede borrar, ni siquiera con decretos.


Y una cosa más: no es la idolatría el único gran problema de la humanidad, aunque es uno de ellos. Es un problema idolatrar al dinero, al poder, a la apariencia, y a tantas otras cosas más.


Pero los becerros de oro pueden también confundir y hacer creer una cosa que no es.

Hasta un decreto puede ser considerado un becerro de oro, cuando confunde a la gente, borronea la historia, y aún sin quererlo, hiere la sensibilidad de quienes nos sentimos víctimas de ese horror.


Espero que Polonia y el Mundo rompa de una vez por todas, con mentiras, ya sean de oro o de sangre. Porque la verdad no se anula por decreto.


Rabbi Dario Feiguin

 

Golden Calves

Parashat Vaiakhel, B´nei Israel, 2018




Last week we read in the Torah the story of the Golden Calf.


We always associate this story with the concept of idolatry. But this Shabbat let me try another type of interpretation. That is in fact, what the Torah is all about: interpreting and teaching us that something that happened to us in the past is relevant here and now.


Many Bible scholars point out that in fact there was no idolatry. It is not that the Hebrews in the desert ceased to believe in the God of Abraham, Yitzhak, and Yaakov. It is that they needed to see and touch something concrete that to them was almost like a living symbol of an abstract concept which they could not yet adopt completely. What happened, according to these scholars, is that they did not change the story; they changed only a part of it.


The decision of the Government of Poland to prohibit the use of the term "Polish concentration camp" is an attempt to modify part of the story, in this case, not by building a calf of gold, but by a decree.


I want to explain this, because some of you might have been as surprised as I was by the Jewish reaction in the social networks, which are clearly visceral.


No Jew can be apathetic to the Shoah.


It was the worst tragedy caused by human beings in the history of humanity and it ended only 73 years ago! Some of you experienced it firsthand. This Shoa annihilated three quarters of the Jewish people. Many of our relatives: parents, siblings, uncles, grandparents and great-grandparents, were condemned to hunger, cold, humiliation, to be considered sub-human, to die in the gas chambers and their bodies incinerated in the painfully famous kiln crematories, whose black smoke brought, perhaps even to God himself, the cry of a dehumanized humanity.


I am grateful to my friend Rabbi Daniel Goldman, who will be in Costa Rica next week, for reminding me of the extraordinary and chilling metaphor of the Rebbe of Belz, a great Talmudist, who said that in the desecrated space of the famous fields of extermination, "the crust of moldy bread was a place immensely bigger than that of all the World to Come".


Poland is not denying the Shoah, but in a world where denial of the Holocaust is part of the agenda of many political lobbies, this decree cause chills.


Ninety per cent of the Polish Jews were murdered by the Nazis during the Holocaust. The vast majority of those extermination camps were located in Polish territory, and opinions vary on the level of collaboration of non-Jewish poles with the killers, from the Jedwabne pogrom to the black columns of human smoke crossing the Polish heaven on plain sight of countless villages. We do not know the level of complicity, but we do know that it happened.


It would have been perhaps more humble and more effective to make an apology, a reflection, an educational program. Not a decree. Decrees cannot modify what happened, or help heal wounds still open.


In Costa Rica, as in many parts of the world some survivors of the Shoah still live. They are already becoming less and less. They have a number tattooed on their forearms and the signs of horror sealed in their souls.

Ask them!


They are the living expression of a history that cannot be erased, even with decrees.


And one more thing: idolatry is not the only great problem of humanity, although it is one of them. It is a problem to idolize money, power, appearance, and so many other things.


But the Golden Calves can also confuse and make people believe something that is not.


Even a decree may be considered a Golden Calf, when it confuses people, erases history, and even unwittingly hurts the sensitivity of those who feel victims of that horror.


I hope that Poland and the world break once and for all with lies, either of gold or of blood. Because the truth is not annulled by decree.

Translated by Hilda Río


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