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5778 - Ki Tisa - Rabino Darío Feiguin

Los becerros de oro de hoy en día

Parashat Ki Tisá. B´nei Israel, 2018


Rabino Darío Feiguin

En el transcurso de los 40 años de travesía por el desierto, desde la salida de Mitzráim y hasta la llegada a Eretz Israel, ocurrieron 2 acontecimientos excluyentes, que marcaron a fuego la historia de nuestro pueblo, y me atrevería a decir también, de la civilización occidental, basada entre otros fundamentos, en la Biblia hebrea.


El primero, es sin dudas, la entrega de la Torá. El majestuoso momento de la Revelación de Dios al Pueblo.

La irracional irrupción de lo Divino y perfecto dentro de lo mundano e imperfecto. La formulación de ideales de vida, de una conducta ética, y el intento de transformar lo real para que se parezca algo más a lo ideal. La traducción de estos ideales, en leyes que habrían de regular las horas y los días del hombre, recreando una forma de vida que una y otra vez intentará ser fiel a ese momento, no sólo recordando, sino también haciendo de aquel evento pasado algo de todos los días; como una suerte de presente continuo.


Sólo 40 días después, en esa saga de 40 años de desierto, viene la desilusión. Tener ideales parece demasiado, y sostenerlos resulta imposible. Las ilusiones y los proyectos son reemplazados por la imperiosa necesidad de lo concreto, de lo inmediato, del aquí y ahora.

La coyuntura puede más que la fe.


Este segundo acontecimiento también se convierte en un paradigma. Ya fue entregada la Torá. Moshé sube al monte Sinai y el pueblo se impacienta. Van a Aharón y le ruegan: ¡Haznos un Dios que podamos ver y tocar!


En la Parashá de esta semana, Parashat Ki Tisá, leemos cómo Aharón el sacerdote accede a esa necesidad, y construye el famoso becerro de oro. Una imagen deificada en Egipto, que puede ser vista y tocada por todos, y que intenta calmar la ansiedad. Y el pueblo se emborracha y baila alrededor de la deidad inerte, mientras dice: “Éle Elohéja Israel” = “Este es tu Dios, Israel”.


Pero lo que brillaba por fuera, se estaba descomponiendo por dentro.

¿Era eso lo que necesitaban? ¿Una suerte de aspirina para el alma? ¿Una fantasía para poder soportar esa ansiedad que la realidad les imponía?


La furiosa reacción de Moshé es una respuesta contundente.

En forma espontánea y vehemente, rompe las tablas del testimonio, escritas según la tradición directamente por Dios; como sugiriendo, que hasta eso: el testimonio directo de la Revelación, como cosa material y sin la contraparte del pacto, que es el Pueblo, es nada.

Moisés deja en evidencia que es idolatría adorar lo que se ve y lo que aparentemente brilla, mientras se pierden los ideales, las ilusiones y las fuerzas para encarar cualquier transformación.


Los hombres tenemos poca memoria. Muchas veces, en un abrir y cerrar de ojos, vemos desvanecerse nuestros proyectos, y nuestros más caros ideales, rápidamente se desdibujan y se convierten en desilusión.

Muchas veces nos desilusionamos de situaciones, planteos y hasta de lealtades y afectos personales a los que habíamos apostado todo.


Parece que así es la vida del hombre. Uno tras otro; en distintas épocas y en distintos lugares, nos enfrentamos con becerros de oro que nos enceguecen por su brillo externo pero que son algo muy diferente visto desde adentro.


La pregunta es si compramos los becerros como meros analgésicos momentáneos para calmar nuestra ansiedad frente a las crisis, o si somos conscientes de no caer en la trampa de la fantasía ingenua, de creer que lo más importante se puede ver o tocar.


La pregunta es si aún así, en medio del intento por hacer equilibrio en la tormenta, podemos tener fe y seguir creyendo en ideales, en conductas éticas y en transformaciones.


Yo quiero creer que sí. Yo quiero creer que de otra manera, la vida misma se vacía de significado; y vivir sin significado, no es vivir de verdad.


Pensemos este Shabat en los becerros de oro que nos construimos, y a los que ingenuamente apostamos.


Tal vez sea el momento para decidir un cambio que nos vuelva a orientar hacia nuestros propios ideales; hacia nuestro propio Sinai.



 

Today's Golden Calves

Parashat Ki Tisah. B'nei Israel, 2018


Rabbi Darío Feiguin

In the course of the 40 years of crossing through the desert, from the departure of Mitzraim and until the arrival in Eretz Israel, two mutually exclusive events took place, which marked the history of our people with fire, and I would also say, the Western civilization, which is based among other foundations, on the Hebrew Bible.


The first, without any doubt, is the giving of the Torah. The majestic moment of God's Revelation to the People.


The irrational irruption of the Divine and perfect within the mundane and imperfect. The formulation of ideals of life, of an ethical behavior, and the attempt to transform the real so that it resembles something more ideal. The translation of these ideals into laws that would regulate the hours and days of man, recreating a way of life that time and time again will try to be faithful to that moment, not only remembering, but also making that past event, something of everyday; like kind of a continuous present.


Only 40 days later, in that saga of 40 years of desert, comes the disappointment. Having ideals seems too much, and sustaining them is impossible. Illusions and projects are replaced by the urgent need for the concrete, the immediate, the here and now.

The conjuncture can achieve more than faith.


This second event also becomes a paradigm. The Torah has already been delivered. Moshe climbs Mount Sinai and people get impatient. They go to Aharon and beg him: Make us a God that we can see and touch!


In this week's Parsha, Parashat Ki Tisa, we read how Aharon the priest has access to that need, and builds the famous golden calf. A deified image in Egypt, that can be seen and touched by all, and which intents to calm the anxiety. And people get drunk and dance around the inert deity, while saying: "He Elohecha Israel" = "This is your God, Israel."

But what shone on the outside, was decomposing inside.


Was that what they needed? A kind of aspirin for the soul? A fantasy to be able to withstand the anxiety that reality imposed on them?

Moshe's furious reaction is a blunt response.

In a spontaneous and vehement way, it breaks the tables of the testimony, written according to the tradition directly by God; as suggesting, that even that: the direct testimony of the revelation, as a material thing and without the counterpart of the covenant, which are People, is nothing.


Moses makes it clear that it is idolatry to worship what is seen and what apparently shines, while losing the ideals, the illusions and the forces to face any transformation.

Men have a short memory. Many times, in the blink of an eye, we see our projects disappear, and our most expensive ideals quickly become blurred and become disillusioned.

Many times we become disillusioned with situations, plans and even loyalties and personal affections to which we had all wagered.


It seems that this is the life of man. One after another; at different times and in different places, we are confronted with golden calves that blind us because of their external brightness, but they are something very different from the inside.


The question is whether we buy the calves as mere momentary analgesics to calm our anxiety in the face of crisis, or if we are conscious of not falling into the trap of naive fantasy, of believing that the most important thing can be seen or touched.

The question is whether, even in the midst of the attempt to keep the balance in the storm, we can have faith and continue to believe in ideals, in ethical behaviors and in transformations.


I want to believe so. I want to believe that otherwise, life itself empties itself of meaning; and living without meaning, is not living for real.


Think of this Shabbat about the golden calves that we build, and to which we naively bet.

Maybe it's time to decide a change that will guide us towards our own ideals; towards our own Sinai.

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