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5777 - Vaiakel–Pekudéi - Rabino Darío Feiguin

El Verdadero Éxito

Parashat El Verdadero Éxito

Parashat Vaiakhel–Pekudéi. B´nei Israel, 2017


Rabino Darío Feiguin


Hace algunos años, el entonces Chancellor del Jewish Theological Seminary, el Rabino Ismar schorsch hizo un cometario sobre la Parashá de esta semana, que me lleva a una reflexión sobre la naturaleza del éxito y del fracaso.


¿YO SOY UN GANADOR, o YO SOY UN PERDEDOR?

¿Qué marca el éxito? ¿Qué hace al fracaso?


Las últimas dos Parashiot Vaiakhel-Pekudéi hablan de la construcción del tabernáculo, en la época de Moisés.

La Haftará que habitualmente corresponde, habla de la construcción del Templo en Jerusalem, en la época del rey Salomón.


Aún cuando este año leemos otra Haftará por ser un Shabat especial, hay un paralelismo y una diferencia esencial entre el Mishkán de Moshé y el Beit Hamikdash de Shlomó.


¿En qué se parecen?

En que allí se suponía estaba la Presencia Divina, la Shejiná. Hasta en la arquitectura del Templo se marcaba claramente la relación directa entre ese tabernáculo viajante que llevaba las rocas de la ley, y el templo fijo de Salomón, que fue también construido con dos keruvim enfrentados y abriendo sus alas sobre el arca sagrada.


Pero el impacto Nacional de cada Santuario fue diferente. El tabernáculo de Moisés sirvió para unir a quienes fueron esclavos alrededor de un espacio común sagrado.

El Templo de Salomón fracasó miserablemente al no mantener la unidad y grandeza del Reino de David. A partir de su hijo Rejavám, se produce el cisma entre Israel y Iehudá y el Pueblo se parte en dos.


¿Cómo es posible que un Gran Templo, orgullo arquitectónico para la época, haya causado como impacto Nacional, la división?

¿Por qué ese sencillo altar móvil, frágil y endeble, pudo generar en la gente esa sensación de estar unidos por una idea común?


Pareciera ser que el éxito o el fracaso no está en la construcción que se logra, ni en la imponencia del edificio, ni en la belleza de los detalles, ni en el logro material.

Pareciera ser que no importa tanto si es chico o grande, suntuoso o sencillo, costoso o barato.

Pareciera ser, que lo que verdaderamente importa en una construcción , cualquiera sea su naturaleza, es como va a cumplir o no, con sus objetivos funcionales, y si va a facilitar o no, una Vida más rica y profunda.


La idea del rabino Schorsh es que ya desde el vamos, había en los dos santuarios, motivaciones diferentes.

El tabernáculo se hizo con donaciones de todos. Cada hombre y cada mujer del campamento contribuyó con lo que pudo, de acuerdo a lo que le dictó su corazón.

Y Moshé tuvo que decir basta, porque ya había recursos de sobra.

El Templo se hizo por la fuerza del impuesto, y hasta se sabe que Salomón tenía 30.000 Leviím trabajando para la construcción. El Templo se hizo por la fuerza.


Entre el tabernáculo y el Templo había no sólo 480 años de diferencia. Había también una diferencia entre lo espontáneo y lo impuesto; lo que surge desde adentro, y lo que viene por la fuerza desde afuera.

A la hora de la Verdad, poco importa lo que se ve.


Y nosotros: ¿Cómo vamos a seguir construyendo nuestra Comunidad?

¿Vamos a dejar que unos pocos se hagan cargo, o vamos a comprometernos con el corazón?


Rejavám, hijo de Shlomó, creyó que la obra era de ladrillos, pero confundió la meta. Cuando los habitantes de Shjem le vinieron con un planteo de reducción de impuestos, su respuesta fue: “Mi meñique es más gordo que el pulgar de mi padre. El los azotó con látigos. Yo los azotaré con escorpiones”.


La verdadera construcción no es en el Espacio, sino en el Tiempo, y tiene que ver con nuestra identidad judía, nuestra historia y destino común, nuestros valores ancestrales, y la transmisión de esos valores a nuestros hijos y a las generaciones futuras.


Ni siquiera el Gran Templo de Jerusalem pudo superar el pecado de la degradación humana.

No lo soportan las familias ni las Instituciones. No lo sostienen los Estados ni los mercados comunes.

Porque el éxito no se mide por logros materiales; sino por la creación de las condiciones morales, para que la idea crezca y se desarrolle, con salud y en Paz.


Quisiera, algún día, poder decir: NO SOY UN PERDEDOR, porque pude ganarle al egoísmo y a las miserias del poder.


Quisiera , algún día, poder decir: SOY UN GANADOR, y agradecer a Dios y a la Vida por el amor y por la integridad moral, por gozar en mi vida de Libertad, Verdad y Paz.. B´nei Israel, 2017


Rabino Darío Feiguin


 

True Success

Parashat Vayakhel–Pekudei. B´nei Israel, 2017


Rabbi Darío Feiguin


Some years ago, the former Chancellor of the Jewish Theological Seminary, Rabbi Ismar Schorsch, made a commentary on this week’s Parashah that leads me to reflect on the nature of success and failure.


AM I A WINNER, OR AM I A LOSER?

What signals success? What makes failure?


The last two Parashiot Vayakhel-Pekudei speak of the construction of the tabernacle, in the times of Moses.

The Haftarah that usually corresponding with this Parashah speaks of the construction of the Temple in Jerusalem, in the times of King Solomon.


Even though this year we read a different Haftarah on account of it being a special Shabbat, there is a parallelism and an essential difference between Moshe’s Mishkan and Shlomo’s Beit Hamikdash.


How are they alike?

In both, the Divine Presence – the Shechinah, was supposed to be there. Even in the architecture of the Temple, there was a clear relationship between the travelling tabernacle that carried the tablets and Solomon’s fixed temple, also built with two facing keruvim opening their wings on the sacred ark.


But the national impact of each sanctuary was different. The tabernacle of Moses served to unite those who had been slaves around a common sacred space. The Temple of Solomon failed miserably by not being able to keep the unity and grandeur of the Kingdom of David. The schism between Israel and Yehuda occurred from his son Rehavam on, and the People were split in two.


How is it possible that the national impact of the Great Temple, the architectonic pride of the age, was such division? Why was the mobile simple altar, fragile and weak as it was, able to generate that feeling of union around a common idea in people?


Success or failure do not lie in the construction that can be achieved, in the impressiveness of the building, in the beauty of the details, or in material gain. It does not seem to matter how big or how small, sumptuous or simple, costly or cheap.


What truly matters in a construction, whatever its nature, is how it will fulfill or not its functional objectives, and if it will facilitate a richer, more profound life.



Rabbi Schorsch’s idea is that from the get-go, the two sanctuaries held different motivations.


The tabernacle was made with everyone’s donations. Every man and woman in the camp contributed what they could, from the dictates of their heart. And Moses had to say, ‘no more’, because they had more than enough resources.

The Temple was made through taxes. Solomon had 30.000 Leviim working on the construction. The Temple was made by force.


Between the tabernacle and the Temple there was more than just 480 years of difference. There was also a difference between spontaneous and duty; what comes from within and what comes forcefully from outside. Truth be told, what is visible matters little.


And us: how are we going to continue building our community?

Are we going to let a few take charge, or are we going to commit from the heart?


Rehavam, son of Shlomo, thought the work was in bricks, but confused the goal. When the people of Shechem asked him to reduce taxes, his answer was, “My little finger is fatter than my father’s thumb. He flogged you with whips. I will flog you with scorpions.”


The true construction is not in Space, but in Time, and it has to do with our Jewish identity, our common history and destiny, our ancestral values, and the passing on of those values to our children and the future generations.


Not even the Great Temple of Jerusalem could overcome the sin of human degradation. Families and institutions cannot sustain it. States and common markets do not hold it. Because success is not measured in material accomplishments, but in the creation of moral conditions for the idea to grow and develop, in health and peace.


One day, I would like to be able to say, “I AM NOT A LOSER, because I was able to beat selfishness and the miseries of power.”


One day, I would like to be able to say, “I AM A WINNER, and thank God and Life for the love and moral integrity, for enjoying in my life: Freedom, Truth and Peace.


Translated by Tamara

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