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5776 - Vayikra- Rabino Darío Feiguin

El Secreto de los ojos

B´nei Israel, 2016


Rabino Darío Feiguin



Hace algunos años, una película Argentina, llamada “El secreto de tus ojos” ganó el Oscar a la mejor película extranjera en la famosa entrega de premios de Holywood.


Para mi, el Secreto de los ojos no es tan secreto. Se puede esconder. Puede tratar de ocultarse, pero es imposible no advertirlo.

Puedo no conocer los detalles. Puedo no saber los porqués.

Pero no puedo, aunque quiera, hacerme el tonto, y tratar de vivir como si mi alma no hubiese advertido lo que ya palpó: que los ojos esconden un secreto.


En la película, como en la Vida misma, es imposible camuflar una mirada de amor. Arde, quema, perfora. Su fuego es abrumador, irracional, contundente. Es fácil advertir una mirada de enojo o de odio. Duele más que un insulto. Y así como hay personas con gran capacidad de amar, hay otras con gran capacidad de odiar.


En la vida, gracias a D´s, recibimos de las más tiernas y hermosas miradas de amor, y aún aunque no lo busquemos, recibimos también de las otras.


Hay miradas vergonzosas. A veces, producto de una timidez infantil.

Y otras veces, producto de la vergüenza culposa por aquello que se hizo con maldad. En esos casos el secreto de los ojos se revela, cuando la mirada cae, cobarde, o arrepentida.


¿Qué secreto pueden ocultar ojos que expresan dolor, sufrimiento, angustia o desesperación? ¿Qué mirada puede esconder el desgarro de una pérdida, o la impotencia frente a una enfermedad terminal?


Ojos haitianos, ojos chilenos, ojos turcos, ojos sudaneses, ojos iraquíes, ojos israelíes o costarricenses, ojos de los pogroms, de la guerra, de la Shoá.

¿Qué más que ver esos ojos? ¿Qué más que palpar esos sentimientos?


¡Qué buena la mirada que no es capaz de esconder una sorpresa!

Y ¡Qué pobre la mirada altiva que no puede ocultar la soberbia!


¡Qué verdadera la mirada cálida del agradecimiento!

Y ¡Qué increíblemente bella la mirada brillante de la alegría!


La película tiene razón: los ojos hablan. Y hablan, incluso cuando quieren jugar al pocker y expresar algo distinto de lo que gime desde las entrañas.


Los ojos tampoco pueden ocultar el secreto de la mentira, ni la sofisticación de la hipocresía, ni las idas y vueltas de la manipulación. Un gusto sacarinoso artificial queda grabado en la retina del alma. Un gusto que a veces se va sólo con un contrapeso de amor, otras veces se va sólo vomitándolo en una catarsis de honestidad, y otras veces no se va nunca.


Cuando abrimos el libro de Vaikrá, el tercero de los libros de la Torá, vemos que el texto comienza con los sacrificios y ofrendas que la gente llevaba al Kohén, al sacerdote, para expresar diferentes sentimientos: gratitud, culpa, arrepentimiento, felicidad, dolor, etc.


Me imagino al Kohén captando las miradas de toda esa gente que iba con sus ofrendas, y cuyos ojos gritaban silenciosamente todos esos secretos.


Pero el texto es muchas veces un pre-texto. Como es un pre-texto la poesía a la que me llevó la película. Porque la verdad es que no los vemos a los actores (Darín, Villamil, Rago y Francella). Nos vemos a nosotros mismos. Y les confieso: En lo personal, no me gusta jugar a la mentira y a la manipulación. No lo disfruto, No es mi vocación. No me es bueno sentir que desperdicio Vida creativa, tratando de sacarme el gusto latoso de un edulcorante artificial.


Los Kohanim también hablaban de la pureza e impureza. Casi todo el libro de Vaikrá se refiere a eso. La mayoría de las personas nunca estamos del todo puras o del todo impuras. Pero para mí, la purificación es una brújula, que me permite ser. Es como estar limpio, pero de adentro.


Quiero mirar. Quiero ver. Quiero ser visto. Y quiero que mis ojos no escondan lo que soy: humano e imperfecto, pero sensible y verdadero.


 

The Secret in the Eyes

B´nei Israel, 2016


Rabbi Darío Feiguin



A few years ago, a movie from Argentina called “The Secret in Their Eyes” won the Oscar for Best Foreign Film in that famous award ceremony in Hollywood.


For me, the secret in the eyes in the eyes is not so secret. It can be hidden, but it is impossible not to notice it. I may not know the details. I may not know the reasons. But I can’t play the fool, even though I may want to, and try to live as if my soul had not noticed what it already felt: that the eyes hold a secret.


In the movie, as in life itself, it is impossible to camouflage a look of love. It burns and pierces. Its fire is overwhelming, irrational, conclusive. It is easy to notice a look of anger or of hate. It hurts more than an insult. And just like there are people with a great capacity for love, there are others with a great capacity for hate.


In life, thank G-d, we receive the most tender beautiful looks of love, and even if we don’t go looking for them, we also get some of the other kind.


There are shameful looks. Sometimes, they are a product of childish shyness. Other times, they are a product of a guilty sense of shame over evil deeds. In those cases, the secret in the eyes is revealed when they look away with cowardice or remorse.

What secret lies in the eyes that express pain, suffering, anguish or despair? What gaze can hide the heartbreak in a loss or the impotence towards a terminal disease?


Haitian eyes, Chilean eyes, Turkish eyes, Sudanese eyes, Iraqi eyes, Israeli or Costa Rican eyes, eyes from the pogrom, from war, from the Shoa. What more proof is needed than looking in those eyes? What else but feeling those feelings?


How wonderful the eyes that are unable to hide a surprise!

And how poor the proud eyes that cannot hide their arrogance!


How real the warm eyes of gratitude!

And how incredibly beautiful the glowing eyes of joy!


The movie is right: the eyes speak. And they speak, even when they would rather put on a poker face and express something different than what’s screaming out from inside them.


The eyes cannot hide the secret of a lie, or the sofistication of hypocrisy, or the comes and goings of manipulation. The retina of the soul is left with an artificial sweetener flavour. A flavour that can might only leave with the counterweight of love, by vomiting a catharsis of honesty, and other times it just never goes away.


When we open the book of Vayikra, the third book in the Torah, we see the text begins with the sacrifices and offering the people brought to the Kohen, the priest, to express different feelings of gratitude, guilt, regret, happiness, pain, etc.


I can imagine the Kohen taking in the looks of all those people whose eyes screamed silently all their secrets.


But the text is many times a pre-text. Just like the poetry to which the movie led me is a pre-text. Because the truth is that we do not see the actors (Darin, Villamil, Rago and Francella). We see ourselves. And I confess: personally, I don’t like playing at lies or manipulation. I don’t enjoy it. It is not my calling. It is not good for me to feel like I am wasting creative life by trying to get rid of that artificial sweetener taste.


The Kohanim spoke also of purity and impurity. Almost the entire book of Vayikra refers to that! Most people are never completely pure or impure. But to me, the purification appears like a compass allowing us to be. It is like being clean, but from the inside.


I want to look. I want to see. I want to be seen. And I want my eyes not to hide what I am: human and imperfect, but sensitive and true.


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