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5776 - Bo - Rabino Darío Feiguin

“Superar las plagas, como paso previo hacia la Libertad”

Parashat Bo. B´nei Israel, 2016

Rabino Darío Feiguin


En la Parashá de esta semana Moshé cumple el primer gran objetivo político de su misión: liberar al pueblo de la esclavitud.


Muchas veces me pregunte por qué la libertad fue tan difícil, y por qué fueron necesarias todas esas plagas para lograrla.


Pareciera ser que la libertad del ser es un proceso de búsqueda sin fin hacia uno mismo, hacia lo esencial y no lo circunstancial de uno mismo. Y por eso creo que D’s está presente en esta búsqueda. Aún así, el trabajo es de cada uno.


Quisiera sugerir que el trabajo hacia la libertad es el constante intento de superar las plagas de la Vida, hacia una existencia más real.


Es una especie de “Vejaasher Iaanú Otó, Ken Irbé Vején Ifrotz”.

“Cuánto más era oprimido el pueblo, más crecía y más se fortificaba”

o dicho en palabras de Nietzche “lo que no nos mata, nos fortalece”.


Así es como debemos superar la plaga de no encontrar sentido en vivir. La plaga que hace que el agua que tomamos parezca sangre. La que no nos permite disfrutar de las cosas. La que nos oprime por nuestra propia insensibilidad de no ver la belleza ni escuchar la música de la Creación, efervescente en su intento por mostrarse.


Debemos superar la plaga de vivir esclavos de nuestros impulsos. Debemos aprender a sublimarlos. A lograr emoción y no sólo llenar el estomago. A buscar pasión y no sólo aliviar la tensión sexual. Somos más que ranas, y nuestra condición nos llama a liberarnos de esas ataduras para ser más libres, más humanos.


La plaga de los piojos es la que nos pica en la cabeza y en todo el cuerpo. Es esa enfermedad tan contagiosa de llevar y traer chismes y lashón hará. No basta con rascarnos. A los piojos hay que eliminarlos, como así también alejarse de quienes viven entrenándose en el arte morboso de la difamación. También esta es una tremenda prisión para el alma que queda aplastada entre tanta envidia e hipocresía.


Arov y Déver son plagas que caen sobre el ganado. Arov, según un comentario, tiene que ver con la metamorfosis del ganado en bestias feroces. Como si algo externo convirtiera a los animales pacíficos y domésticos, en depredadores. A esto se le agrega la peste de los animales, enfermedad que se relaciona con lo mismo.


Interesante, porque me motiva a una comparación y analogía con el hombre, cuando hoy en día se enfrenta a su subsistencia.


Hay algo que lo enferma y lo convierte en bestia, le hace perder sus valores, le hace olvidar sus afectos, transforma sus prioridades, pierde el rumbo y deja de ser no solo libre, sino también deja de ser hombre.


Cómo lograr que el trabajo dignifique; cómo procurar un bienestar sin perder la condición de persona, sin que se desdibujen los parámetros éticos que nos permiten mirar de frente y sin vergüenza, porque no mentimos, ni estafamos, ni nos corrompimos. Porque no nos picó la peste de perder el respeto por nosotros mismos, por nuestro cuerpo y nuestra salud. El respeto por una Creación a la que humillamos, contaminamos y extinguimos. Porque no nos afectó la enfermedad que nos aleja de lo que en teoría más queremos, pero en la practica menos tiempo y esfuerzo le dedicamos.


A esto se le agrega la sarna. Esa plaga que nos empuja a ser como los demás: un ladrillo más en el muro. A no permitirnos ser diferentes. A no darnos permiso a tener nuestra propia verdad. A depender de qué dirán, anulando nuestra propia individualidad.


Es cierto. La Vida sorprende con inesperadas tormentas: lluvias y hasta un granizo que nos golpea y nos tira de nariz al piso.


¿Cómo se hace para ser libre, para ser uno mismo, si uno está boca abajo sin poder levantarse? ¿Cómo superar las crisis? ¿Cómo transformar el vacío de la muerte en la santificación de una memoria? ¿Cómo vencer la impotencia frente a una enfermedad para vivir y disfrutar de la Vida que, queramos o no, nos es dada sólo a préstamo, y llegará el momento de la devolución?


Nunca graniza eternamente. Pero a veces, los efectos continúan aún en días de Sol. Ser libre es pelear para componer la postura. Ser libre es arriesgarse, es jugarse por la única existencia y el único e irreversible tiempo del que somos conscientes. Ser libre es también saber frenar y disfrutar de los pequeños o grandes logros. Vivimos enfermos de ambición, y el “quiero más” nos convierte en langostas que arrasan hasta con lo más básico, sencillo y esencial. No alcanzamos una meta y ya proyectamos la que viene, sin respirar, sin evaluar, sin pensar hacia dónde estamos corriendo.


Debemos suprerar también la anteúltima plaga: la de vivir en la oscuridad de una vida sin amor. La de no tener amigos de verdad. La de no atreverse a fantasear mundos de otros colores. La de no poder vibrar, reír y llorar sin limites.


Por último, la plaga de los primogénitos me sugiere pensar en la superación de la biología. En la posibilidad de ver más allá de mi pequeñez. De verme como parte de algo más grande. De sentir la fuerza de la trascendencia. Para eso es necesario cortar con los padres, pero no hace falta matarlos, como diría el psicoanálisis ortodoxo. Es necesario crear el espacio propio, pero no es imposible convertirse en un continuador, libre, pensante y sensitivo. Del mismo modo creo yo es importante crearles ese espacio de libertad a nuestros hijos, como forma de no quedarnos en nuestro egoísmo de creer que ellos lograrán lo que nosotros no pudimos, convirtiéndolos en objetos de nuestro ser frustrado. Ellos serán libres, si los dejamos, si no los matamos como faraones tiranos. Así también nuestra libertad será libre de nuestra control y de nuestro manejo del poder.


Uno, tal vez, nunca llega a ser del todo libre. Uno nunca llega a ser totalmente uno mismo. Pero superar las plagas aparece como un ejercicio previo. Casi simultáneamente, a medida que nos deshacemos de esas plagas que nos esclavizan, nos vamos enfrentando, sin anestesia, con nuestra propia esencia, nuestro propio vacío, nuestra propia condición de seres libres.


 

Overcoming the plagues, as a previous step to Freedom"

Parashat Bo. B'nei Israel, 2016

Rabbi Dario Feiguin


In this week's Parsha, Moshe meets the first major political goal of his mission: to free the people from slavery.


I asked myself many times, why freedom was so difficult to get, and why were all these plagues necessary to achieve it.


It seems that freedom of the being is a process of endless search for oneself, towards the essence of oneself rather than the circumstantial elements surrounding that. And so I think G-d is present in this search. Still, the work is up to each one of us.


I would like to suggest that the work towards freedom is the constant attempt to overcome the plagues of Life, towards a more real existence.


It is some kind of "Vehaasher Iaanuh Oto, Ken Irbeh Vechen Ifrotz".

"The more the people were oppressed, the more they grew and strengthened."

Or in the words of Nietzsche, "what does not kill us, makes us stronger."


That's how we must overcome the plague of not finding a meaning in life. The plague that causes the water that we drink, to look like blood. The one that does not allow us to enjoy things. The one that oppresses us by creating our insensitivity to seeing the beauty or listening to the music of Creation, effervescent in its attempt to disclose itself.


We must overcome the plague of living as slaves to our impulses. We must learn to sublimate them. To achieve excitement and not just fill up the stomach. To search for passion and not just relieve sexual tension. We are more than frogs, and our condition calls us to free ourselves from those bonds in order to be more free, more human.


The plague of lice is the one that itches our heads and all over the body. It is this very contagious disease of carrying and bringing gossip and lashon hara. It is not enough with just scratching. Lice must be removed, as well as we must move away from those who live training themselves in the morbid art of defamation. This is also a tremendous prison for the soul that remains crushed between such envy and hypocrisy.


Arov and Dever are plagues that affect livestock. Arov, according to a commentary, has to do with the metamorphosis of cattle into wild beasts. As if something external turned the peaceful and domestic animals into predators. To this, is also added the plague of animals, a disease that is related to the same matter.


Interesting because it motivates me to do a comparison and analogy with man, when today he faces his livelihood.


There is something that makes him sick and turns him into a beast, makes him lose his values, makes him forget his affections, transforms his priorities, he loses his way and stops being not only a free person, but also stops being a man.


How to get work to dignify us; how to ensure well-being without losing personhood, without missing the ethical parameters that allow us to look ahead without shame, because we do not lie, neither cheat, nor corrupt ourselves. Because we were not bitten by the plague of losing self-respect, for our body and health we can find respect for a Creation that we might otherwise humiliate, pollute and extinguish. Because we were not affected by the disease that keeps us from what we theoretically want the most, but on which in practice we spend the least time and effort.


To this we add “scabies”. That plague that pushes us to be like everyone else: another brick in the wall. To not afford to be different. To not permit us to have our own truth. To rely on what people say, overriding our own individuality.

It is true. Life surprises us with unexpected storms: rain and even hail hitting us and throwing us to the floor.


What does it take to be free, to be oneself, if one is face down, unable to rise up? How to overcome the crisis? How to transform the emptiness of death into the sanctification of a memory? How to overcome impotence against a disease, to live and enjoy the life that, like it or not, we are given as a loan, and whose time to give it back will come.


It never hails forever. But sometimes the effects keep going even on sunny days. To be free is to fight in order to fix the posture. To be free is to take risks, it is to play to win the unique existence and the unique and irreversible time of which we are aware. To be free is also knowing to slow down and enjoy the little or great achievements. We live sick of ambition, and the "I want more" turns us into locusts that devastate even the most plain things, the simple and essential. We do reach a goal and at once project the next one, without even taking a breath, without evaluating, without thinking about where we are going.


We must also overcome the penultimate plague: to live in the darkness of a life without love. To not have real friends. To not dare to fantasize about worlds of other colors. The inability to vibrate, laugh and cry without limits.


Finally, the plague of the firstborn makes me think about overcoming biology. In the ability to see beyond my smallness. To see me as a part of something bigger. To feel the force of transcendence. For that, it is necessary to cut links with parents, but you do not have to kill them, as the orthodox psychoanalysis would say. You need to create your own space, but it is not impossible to become a free, thoughtful and sensitive follower. Likewise I think it is important to create that space of freedom for our children as a way of not staying in our selfishness of believing that they will achieve what we could not, making them objects of our frustrated being. They will be free, if we let them, if we do not kill them like tyrant pharaohs. So our liberty shall be free of our control and of our management of power.


One, maybe, never gets to be totally free. One never becomes completely oneself. But overcoming the enslaving pests appears as a previous exercise. Almost simultaneously, as we get rid of these pests that enslave us, we are going to face, without anesthesia, with our own essence, our own emptiness, our own status as free beings.


Translated by Max Perez

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